viernes, 29 de enero de 2016

Todos buscan lo mismo: una razón para vivir

En nuestra querida ciudad, durante la época del Virreinato del Río de la Plata, los funcionarios del Cabildo utilizaban la palabra tango para hacer mención a los sitios en los que los negros bailaban y gozaban la vida. 
Hace más de dos centenas de años el tango brotaba como maleza en los suburbios de la ciudad. Cada empedrado se salpicaba por su manera de contar las vivencias que acontecían. Fue el modo de decir que las clases populares supieron elegir para hacerse escuchar, para dejar un granito de experiencia en este gran arenero que nos tapa, para grabar en canciones los testimonios de aquellos que sentían sobre sus mentes como se imponían las relaciones de poder, como se hacían sentir en los cuerpos las diferencias de clase que se configuraban en un Buenos Aires portuario entre los poderosos y los pobres.  Un tanto ha cambiado, otro poco sigue igual. Poderes cercenando maneras de vivir.  Poder económico (de clase), pero también poder de género. Opacando expresiones de libertad. 

Las clases populares encontraron en esta expresión musical un escape a las opresiones diarias. Es por eso que, a pesar de las prohibiciones oficiales y eclesiásticas, se abrió paso en los arrabales, en bodegones y cárceles (espacios propios de la población inmigrante, descendientes de esclavos y/o de los pueblos originarios). En esos espacios, que convivían temporalmente con espacios de opresión, libremente fueron fluyendo las diversas fusiones musicales que cada uno traía con su historia, en su sangre, sin importar cual fuera.
Sin embargo, los yuyos de identidad pobre crecieron tan alto que los dueños del jardín mandaron a podarlo. O a recortarlo. Estoy refiriéndome a la etapa en la que las clases dirigentes fueron emprendiendo un proceso de "adecentamiento" del tango. Porque el tango tal cual era, era sucio, negro y con mal olor. Para que pudiera seguir existiendo se volvía necesario transformarlo, educarlo, limpiarlo. Y fue lo que se hizo: Volver decente el contenido de las letras e inclusive el propio baile (que era considerado demasiado erótico y provocativo).  
Y sí que lo consiguieron, al punto de convertirlo en el género musical hegemónico que representó a la nación. Pero ¿Qué es lo que se quería representar? o mejor dicho... ¿A quiénes? El proceso de quitar la maleza del jardín se tardó casi medio siglo, pero cuando se consiguió la tarea se lo llamó "la edad de oro". Claro que lo bautizaron así quienes acumulaban el oro. Se europeizó como todo en nuestra cultura. Se censuró la expresión identitaria de los pobres y se volvió moda internacional con sus nuevos modos y nuevas vestimentas. Y claro, nuevos bailarines. El goce del tango se extendía a todo el mundo, menos a los pobres. Así se lograba invisibilizarlos.
Los nuevos bailarines de tango no provenían de los conventillos. Sus portavoces iniciales fueron acallados. La sociedad entera se fue educando con el tango, con sus letras, con los estereotipos de género y los roles que en ellas se encarnaban. Las maneras de vivir los romances, la pasión, la traición, la infidelidad y ahogar las penas en alcohol. Todo fue parte de una educación sentimental mediada culturalmente.
Todo pasa, todo queda. Las clases oprimidas fueron encontrando nuevas expresiones para decir.  Para testimoniar con música sensibilidades de época. 
Es difícil encontrar algo que escape a la lógica de la comercialización, a las industrias culturales del consumo capitalista.
Pero existe y se puede. Y para eso estamos, para eso cantamos cuentos y seguiremos haciéndolo. Sin importar la forma, cuando lo que queremos decir se vuelve necesidad, es el contenido de nuestras palabras lo que afirma una identidad, ahí nos encontraremos en cualquier tiempo, bajo tierra... echando raíces.



Buenos Aires Negro... el tango que no muere.

Nunca deja de brotar, mucho menos cuando hay sequía.








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